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Comunidad Edición N°010 · páginas 7, 8 Público

María Jesús Zavala Contreras: 91 años de historia familiar

Página 7 de la Edición N°010 — Foto: archivo Curacavíve

e llamo María Jesús Zavala Contreras, nací el 6 de septiembre de 1928, cumplí los 91 años. Creo que mi madre me dejó lo mejor de la vida, la unión y el respeto por la familia. Hay que tomarse la vida como viene y con lo que se presente se hacen las cosas. Nuestra infancia fue muy pobre porque eramos doce hermanos. A veces no teníamos para comer, sin embargo mi madre se las ingeniaba y nos preparaba en un fondo, sopita de huesillos con harina cruda. Era muy dura la vida en ese tiempo. De esa época recuerdo que nos fuimos a Miraflores a vivir, y mi padre trabajaba cegando la gavilla de trigo. Todos esperábamos que mi padre regresara con unas exquisitas galletas grandes que le regalaban y era mi madre quien las repartía. Ya un poco mayor comencé a trabajar con la familia Mukarker para criar a Juanito, el hijo mayor. Cuando encontré trabajo en el Hotel Royal conocí a mi esposo. Don Armando: “Resulta que mi padre tenía un taller donde se hacía de todo, herrería, gasfitería y un sin fin de otros oficios. Yo

Nuestros siete hijos

Segundo Armando Marta Haydeé Max del Tránsito María Elvira Juan Martin Fresia Dominga Salvador David

arreglaba los arados, las puntas y todo lo relacionado al cultivo de la tierra, también calentaba la fragua. Por entonces no podía ir al colegio, había que trabajar. Pronto comenzamos a construir carrocerías para camiones, las bisagras, las barandas con perfiles de fierro, todo eso lo fui aprendiendo. Yo era muy feliz cuando le ayudaba a mi padre, me encantaba trabajar con él. Como la gran mayoría necesitaban arreglar sus herramientas para el arado, teníamos mucho trabajo. Bueno, como en esa época, solo unos pocos tenían agua potable como los hoteles de la época, comenzamos a surtir de agua los estanques de estos lugares. Cuando se instaló la primera empresa de agua potable, nosotros comenzamos a hacer muchas instalaciones sanitarias en el pueblo, yo tenía como 17 años. Fue en esa época que nos conocimos con María Jesús”. Sra. María Jesús: “Mientras Armando trabajaba instalando los baños del Hotel Royal yo había postulado para trabajar allí en el mismo hotel, frente al “Erbi”. Me contrataron porque tenía la mano pequeñita, era muy necesario para lavar los vasos. Yo le tiraba mandarinas a Armado para que comiera y ese fue mi primer encuentro con él”. Don Armando: “Bueno yo no era de los tipos que se entusiasmaban a la primera... ella me tiraba y me tiraba las mandarinas, yo me servía algunas, otras las guardaba. Todos los días nos veíamos y así nos fuimos conociendo. Hasta que tuve yo que hacerme cargo del taller de mi papá, porque él enfermó. Entonces María Jesús iba al taller y golpeaba la cortina para encontrarnos. Y decidimos con el tiempo casarnos”. Sra. María Jesús: “Siempre me gustó él a mi... se veía tal como ahora, un hombre muy tranquilo. Yo nunca lo he visto borracho

en estos 70 años de matrimonio. En esa época, Armando tuvo que hacerse cargo del taller porque su padre había quedado en silla de ruedas por una parálisis. Vivimos harto tiempo en la casa de mis suegros. Esa casa tenía un sitio muy grande en el sector de Las Rosas. Armando trabajaba en el taller de lunes a sábado y el domingo en la casa, en las parras y plantaciones de verduras, tomates, etc.”. Don Armando: “Un día tuve una de mis más grandes penas... una fuerte discusión con mi madre, que incluso me trató de ladrón por haber cortado un pimentón, hizo que tomáramos la decisión de irnos a un terrenito que con nuestros ahorros habíamos comprado en la calle Manuel Larraín. Viajaba todos los días en bicicleta al taller. Un día me encontré con un tío y recuerdo clarito que me dijo...”supe que te cambiaste de casa...bueno ahora vas a tirar pa arriba”. Y así fue, al poco tiempo pude comprar una camionetita. En ese tiempo hacíamos pancito para vender y así podíamos subsistir. Al tiempo después instalamos una verdulería, le pusimos “El Refugio”, porque había un alero afuera del negocio donde se protegían de la lluvia las personas que transitaban por allí. Nosotros mismos íbamos los domingos a Lo Valledor para comprar las verduras. Una vez tuvimos un accidente pero nos salva-

mos, se nos quemó la camioneta, no nos percatamos que la carpa estaba topando el tubo de escape y cuando íbamos subiendo la cuesta agarró fuego la carpa. Tuvimos que salir de la cabina, pero nada pudimos hacer, ni las personas que trabajaban en el túnel, el susto fue grande. Después fuimos adquiriendo unos terrenitos y así nos fuimos arreglando económicamente. María Jesús nunca dejó de ayudarme, juntos salimos adelante”. Sra. María Jesús: “Recuerdo que la señora Nena Ramírez me entregaba quinientas servilletas para lavarlas tempranito y así entregarlas a las doce del día. Imagínese nosotros con siete hijos, teníamos que trabajar duro. Armando trabajaba también en el Hotel Curacaví. Un buen día apareció un caballero que necesitaba comprar una casita al contado y le vendimos a buen precio, era una que habíamos construido nosotros.” Don Armando: “Luego me compré un tractor y después un camión de carga para materiales de construcción. Recuerdo que después de la verdulería con María Jesús instalamos un minimercado, y hubo un terremoto que nos tiró toda la mercadería al suelo, fue en 1985. Perdimos todo, y así tuvimos que empezar de cero nuevamente”. Sra. María Jesús: “Y nos levantamos de nuevo. Llegamos a tener unas niñas con uniforme que atendían al público. Duramos muchos años con ese negocio hasta que comenzaron a instalar-

La fábrica de dulces SANDY comienza oficialmente el 24 de enero de 1995 se nuevos negocios. Poco antes habíamos comenzado con otro negocio, una fábrica de bloques de hormigón, que hasta el día de hoy funciona. También teníamos unos camiones de carga y no obstante seguíamos fabricando empanadas. Fue así que comenzamos a fabricar los primeros bizcochos y merengues con mostacillas. La primera que nos compró los bizcochitos fue Lidia Mcvey. En Semana Santa vendíamos más de mil unidades de empanadas. Después, Salvador (Sandy) nos propuso instalar la fábrica de dulces y así lo hicimos, pero era solo un cuartito muy pequeño que atendía mi hija primero. Lamentablemente fue estafada con unos cheques falsos. Le llevaron casi toda la mercadería quedando ella incluso con orden de embargo. Después de este ingrato episodio nos levantamos nuevamente de la adversidad. Otro episodio lo vivimos para el golpe militar con nuestro hijo Martin, lo habían detenido y gracias a don Guillermo Barros pudimos sacarlo de la tenencia antes que

se lo llevaran a la Cuesta Barriga. Eramos muy amigos con Carmencita y don Guillermo. Recuerdo que Juan Pablo y Guillermito estaban muy chicos cuando nos ofrecían limones y yo les compraba a ellos... yo les regalaba chocolates. Vivíamos tan cerca. Bueno, resulta que con el tiempo, a Martin se le presentó un trabajo para el transporte de animales y tuvo que partir porque le era conveniente. Sandy le decíamos de niño a Salvador, la mamá de mi esposo le puso ese apodo, por eso se llama así la fábrica que fue creada por él mismo el 24 de enero de 1995. Salvador fue muy visionario en el sentido de cuidar la presentación e incluir códigos de barra a los productos. Por un tiempo decide entregarnos la administración por un viaje a Europa y por trabajo en el norte. Cuando nace su hijo Matías Salvador, Sandy decide radicarse en Curacaví por amor a su hijo y para tomar nuevamente a cargo la fábrica de dulces. Creo que la calidad de la masa que nosotros fabricamos, hace la diferencia, por eso tenemos una clientela muy fiel a nosotros. Con respecto a Sandy, podemos decir que es un buen hijo, un hombre trabajador. Hoy vemos con mi esposo que hemos hecho un lindo sacrificio por nuestra familia, siempre quisimos y tratamos de ser los mejores padres”.

Curacavíve

Publicado originalmente en la Edición N°010 · páginas 7–8 del ejemplar impreso.
Con el apoyo de